El periodista que llora

Hoy el periodista llora en directo. Desde Haití, informando sobre una mujer que ha perdido a sus cinco hijos, cuatro en el terremoto y el quinto en una réplica. El veterano periodista de guerra, curtido en mil batallas -así le presenta la cadena de televisión- de repente calla. En la televisión, el silencio es mucho más ruidoso que las palabras. Cuando la televisión calle, el espectador mirará a la pantalla inevitablemente, pensando que algo pasa. Y aquí, pasa. Vaya que si pasa. El periodista calla, mientras la cámara muestra a cinco haitianos sobre unos escombros. El periodista, sin embargo, habla sobre la mujer. La recuerda y se le quiebra la voz. Desaparece del plano. Llora y enmudece.

El periodista deja de ser el periodista, el busto con micro, para ser un espectador más. Deja de ser el enlace que explica la realidad, aquella realidad, con una poco lograda apariencia de imparcialidad. Al llorar y callar, toma parte. Aunque aquí no haya debate o enfrentamiento en el que tomar parte. Pero se muestra vulnerable. Con esas lágrimas, traiciona al espectador. No se dedica a “contar lo que pasa”, como les gusta decir a las cadenas informativas. En su llanto se encierra toda una creencia, todo un punto de vista, toda una ideología, repetida unánimemente en todos los medios: lo que sufren y han sufrido los haitianos, lo injusta que es la vida, lo imposible que es mantenerse neutral ante semejante catástrofe. Así que ¿para qué fingir que uno es neutral? Hay un grave -gravísimo- riesgo en que la información pase a tomar partes. Ha sucedido y sucede. En los diarios de partido en los países comunistas o en los autocensurados medios chinos. Sucedió el la República de Weimar y en la Alemania de entreguerras. También bajo Franco, cuando los diarios lloraban por las masacres de curas a manos de los rojos. Se legitima un punto de vista como inevitable. Si uno no llora ante esas cosas es un monstruo.

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En una ocasión, en un mitin de Michelle Obama, una periodista y amiga mía se levantó para aplaudir. No lloraba, pero el efecto fue el mismo. Yo ya no la creo cuando la veo en televisión. Bueno, la creo cuando aplaude. La creo en su pasión y su subjetividad. No en el resto.

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