Códigos rotos

Hay dos extremos en el mal periodismo: la personalización extrema y la trascendencia ontológica, así con toda su pedantería.

En un lado, están las crónicas del tipo: “El periodista mira por la ventana y siente que la historia se repite”. En el otro: expresiones como “no ha trascendido su nombre” o “este diario no ha podido saber…”.

Hoy el Post nos ofrece un ejemplo del primer extremo que tal vez sea de lo peor que ha publicado el diario en mucho tiempo, a pesar de lo dramático de la historia.

El periodista Neely Tucker cuenta la historia de Carol Smith, una madre que perdió a su hija de 9 años, asesinada a bocajarro junto a su padre. Una triste historia, digna de ser contada. El reportaje comienza magníficamente, con tensión, detallado con crudeza el método con el que el supuesto asesino acabó con la vida de la pequeña Erika.

Hasta que en el quinto párrafo, algo chirría: un yo. “Yo tuve un inusual asiento de primera fila en este drama de dolor”. Con ese yo, el periodista rompe todos los códigos. No contento con ello, los esparce por el suelo y salta sobre ellos con rabia: “Después de publicar mi [primer] reportaje, me hice amigo de Carol Smith. Cuatro años después nos casamos”.

No doy crédito. El periodista ha abandonado voluntariamente su papel de mediador, de persona encargada de intentar comprender la realidad, lo que sucedió, para contárselo al lector. No hay nadie, nadie, que pueda tener más intereses en este reportaje. Parece que el Post no encontró a nadie con menos en juego, ni con menos asuntos pendientes por liquidar, para contar semejante drama.

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