Apabullante

Esnobismo. Llamémosle así. Duele leer hoy en el Post la crónica de la llegada del senador Scott Brown a Washington, a ocupar el escaño que fue de la familia Kennedy, incluído JFK, desde 1953, exceptuando un breve intervalo.

El periodista se esfuerza en destacar cuan diferente es Brown de los Kennedy. Brown “no puede creer que es parte del club más exclusivo del país”… “robó un disco de Black Sabbath cuando tenía 12 años”… “se casó con Gail Huff, una actriz a la que se conoce en Boston como la mujer del biquini”… “conduce una camioneta”. Brown bebe cerveza, juega al baloncesto, tiene dos hijas, de las que dice que “están disponibles”, a modo de broma.

Lo peor, y en eso el periodista hace un excelente trabajo, es oir a Brown hablar: “¿Sabes? Soy un hombre de rutinas. Me gusta levantarme y pasear a los perros y hacer deporte, bajar al restaurante de la esquina para tomar un buen desayuno… Venir aquí y alterar mi rutina, esta transición, es un poco apabullante”. Al hombre que tiene en su mano la reforma sanitaria de EE UU viajar a Washington le parece “apabullante”.

A veces basta con dejar que los protagonistas de la información hablen. Porque Brown dice cosas como estas:

Si me hubieras dicho cuando crecí que, ya sabes, un tipo cuya madre recibía ayudas del gobierno y sus padres tenían problemas matrimoniales, y yo tuve mis problemas, ya sabes, creciendo, y que yo iba a estar aquí, enfrente de vosotros y yendo a Washington, ¿estás de coña?… No sólo es apabullante es tan… No te puedo decir qué orgulloso estoy de estar aquí”.

Ojalá alguien escribiera una crónica en la que sólo hablara Brown, para que América se viera a sí misma.

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