Normas bien rotas

Las normas, dicen algunos, están para romperse.

Publica hoy el Post una crónica impresionante, en primera persona, de la periodista Leila Fadel, sobre los ataques contra diversos hoteles en zonas fortificadas de Bagdad, unos atentados que se cobraron las vidas de 36 personas y que iban destinados a asustar a los periodistas, a los extranjeros, a Occidente.

Usa el yo profusamente, pero no para opinar, sino para relatar con concisión y una frescura raras veces vista en la prensa lo que un periodista ve, experimenta, oye, ante un hecho tan abyecto como un atentado terrorista.

Como dice Arcadi Espada, muchas veces los periodistas nos refugiamos en las declaraciones de personas anónimas, de gente que nada tiene que aportar, cuyas frases son de un valor nulo, con tal de esconder nuestra presencia en el lugar de los hechos.

En esta ocasión, la periodista Fadel hace todo lo contrario: se erige en mediadora, se coloca entre el lector y los muertos, porque nadie como ella, experta sobre el terreno, puede contar cosas que provocan tantos escalofríos como ésta:

“Los iraquíes muchas veces me cuentan con asco que están convencidos de que su sangre es barata”.

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