Hitler en el baño

Quien haya leído ‘El Castillo en el bosque’, última novela de Norman Mailer, lo entenderá. Es la biografía de la infancia de Hitler, contada por un demonio. Porque ¿quién estaría más interesado en la infancia, en las miserias, las ideas, los celos y las riñas absurdas con sus hermanos que un diablo? Hay una curiosidad malsana en el carácter de los pérfidos, en verles en el baño. Pero moralmente, nos debería importar muy poco lo que sufren, y mucho más los efectos de sus actos. Es extraño leer a Mailer, y uno acaba la novela dándole gracias al escritor por haber escrito un texto en el que no hay una sola palabra de justificación o de alivio moral para el carnicero de judíos.

Es dudosa, éticamente, la justificación indirecta de la maldad, ver a sus perpetradores como seres humanos heridos, algo que hace, a veces, el periodismo. “También sufrió lo suyo”, dirá alguien. “Su vida le hizo así”, añadirá otro. “Me gustaría saber por qué llegó a esas cotas de maldad”, se podría preguntar alguien.

Pero seres humanos somos todos. Eso no es noticia. Todos hemos sufrido, hemos perdido a alguien, hemos pasado por malos tragos. Lo que es noticia es que, en situaciones límite, algunos desgraciados se convierten en asesinos. Ésa es la noticia: quiénes y cómo deciden ejercer el mal.

Por eso me provocan ganas de vomitar las muchas entrevistas, los conatos de entrevista y los reportajes humanos sobre ‘el Rafita’, el asesino, uno de ellos, de Sandra Palo, una menor discapacitada psíquica que fue violada, golpeada, torturada, atropellada y quemada viva en un episodio horrible que sigue torturando a su madre, dado que los asesinos, por ser menores, están ya en libertad.

Muchas crónicas y reportajes nos muestran al Rafita en su miseria, huyendo de casa en casa, rodeado de vendedores de droga, en un hogar desestructurado, en una barriada marginal, apartado de la dignidad de un entorno normal. Humanizan al Rafita. Los periodistas damos un perdón justificatorio al carnicero. Sin más motivo que el del morbo.

Para mí, leer esas crónicas o ver esas entrevistas es lo mismo que la prensa rosa de la peor, la que escribe de lo que comen o cómo cagan los famosos. A lo que hay que añadir que el Rafita me disgusta profundamente, porque es un asesino de los peores. Y porque me hace pensar qué deficiente es la justicia en España. Me da la sensación de que apreciar los límites humanos del mal encarnado es una cosa de novela de ficción.

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