Sarah al margen

Sarah Palin no es algo nuevo en la política de Estados Unidos. Es, de hecho, algo muy antiguo: el outsider. El candidato sin educación y sin aparentes ambiciones políticas que está, en realidad, lleno de ellas.

Palin llena un hueco: el vacío de poder que se crea cuando una base política quiere a alguien que sea menos formado que sus componentes. Palin es ideal para ello: educación muy limitada, capacidades intelectuales poco desarrolladas. Esto no lo digo yo, me lo comentó en una ocasión un trabajador de la campaña política de John McCain en 2008. Todo se resume en una frase que Palin pronunció en su discurso del fin de semana en Nashville:

“Para ganar esa guerra, necesitamos a un comandante en jefe, no a un profesor de derecho”.

Una frase que lo encierra todo: la guerra, lo que el pueblo necesita (no lo que quiere), la milicia y el rechazo al intelectual.

El senador McCain fue Palin en su época, llegado del ejército. Lo era Reagan, llegado de Hollywood. Lo fue Schwarzenegger. Y también el padre de todo ese movimiento populista-conservador: Barry Goldwater, un hombre del Oeste.

Palin sabe que ha perdido ya, y contra el mismo hombre contra el que se quiere volver a presentar en 2012. Sabe que perderá. Y que el Partido Republicano ni siquiera la toma en serio. Por eso se ha presentado en un evento tan bizarro como la convención de Tea Parties.

Ella se ve tan outsider que se pinta como la alternativa no a un solo partido, sino a los dos, al sistema entero:

“Este movimiento es bonito porque está definiendo los modos políticos. Las dos maquinarias de partido están asustadas”.

En ese sentido, en querer ser la alternativa a todo, Palin no difiere tanto de Obama.

Más

Ejercicio de futurología política. Sustituyan aquí Ross Perot por Sarah Palin. Bush padre por Candidato X. Bill Clinton por Barack Obama. La historia está escrita.

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