El poder informativo de la muerte

Se escriben, en todos los diarios, necrologías sobre el modisto Alexander McQueen. En muchas de ellas, la mayoría, se dice: “flirteaba con la muerte, y tanto flirteó que al final la muerte le visitó”. Con palabras distintas, pero esa es la idea. No hay mayor cuentacuentos que algunos escritores de obituarios. En sus textos la muerte será una presencia sobrenatural que se permite regresar a pedir cuentas. Esa parca es un personaje que inevitabalemente reclama a modistos atormentados, a escritores malditos y a cineastas oscuros. A otra gente, como ingenieros, intelectuales o políticos, es poco frecuente que la muerte venga a reclamarles en sus obituarios. Ese estilo de escribir, tan a la Bécquer, sólo se aplica a aquellos artistas que le inspiran lo suficiente al periodista como para escribir sobre símbolos y arcanos, dando rienda suelta a su creatividad mitológica.

A veces, la muerte visita las crónicas de sucesos, algo que resulta mucho peor.

De hoy, del Post, sobre el juicio a integrantes de una secta que asesinaron a un chaval, entre ellos su madre:

Después de que el niño murió, las oraciones por su resurrección no tuvieron efecto alguno…

(Los fiscales) le prometieron que retirarían los cargos si (su hijo) Javon resucita de entre los muertos.

Dos ejemplos claros de cómo la subordinación de oraciones puede dar verosimilitud a una realidad paralela, donde los niños asesinados pueden o podrían resucitar.

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