América no paga a traidores

Los juguetes rotos de la prensa no son sólo los del corazón o papel cuché. Los hay en los diarios serios.

Hoy, meses después de que olvidáramos a Joe, el fontanero, regresa este icono de la mediocridad. Y no lo digo con afán de joder. Joe, el fontanero, era el tipo normal, el votante medio, el bebedor de latas de cerveza, fontanero sin licencia, al que le costaba llegar a fin de mes, que odiaba a los intelectuales y creía que Obama era elitista y no merecía le presidencia por no ser, en realidad, lo suficientemente americano.

No me lo invento. En las pasadas elecciones hablé con miles de Joe, el fontanero. A él en persona no le vi. Pero vi a gente que se disfrazaba de él, con ansias de ganar el mérito de la mediocridad. Para nosotros los periodistas fue proverbial. Cansados como estábamos de entrevistar a gente “anónima”, a la “América media”, teníamos el estereotipo que habíamos creado. Joe, el fontanero, era todo lo que necesitábamos.

En un mítin de McCain en Pensilvania, 2008

Ahora hay candidatos -esa nueva clase política de ‘tea party’, que algunos analistas, con mayor conocimiento de la situación, han tildado de protofascista– que ya no es que busquen el apoyo de Joe, el fontanero. Es que son Joe, el fontanero. Como el senador Scott Brown, o Scott, el de la camioneta.

Joe, que en realidad se llama Sam Wurzelbacher, natural de Ohio, le debe lo que es al senador John McCain, el candidato que lo convirtió en carne electoral. Pero como McCain no ganó, Joe ya no le quiere. Tampoco quiere a Sarah Palin. Según le ha dicho al periodista de NPR Scott Detrow, porque ella apoya a McCain en su campaña de reelección al Senado. “No le debo una mierda. Me jodió la vida”, dice. “McCain me usó. Y se aprovechó de que yo era la faz de la América media”.

La América media no paga a traidores, parece.

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