Egomanía periodística

El peor periodismo es el que se disfraza de diario personal.

Como irse a la América Profunda (cómo nos gustan a los periodistas estos apodos tan costumbristas) a cobrar el sueldo medio de una camarera, también para saber qué se siente.

Lo malo es que no se siente nada, porque el periodista es consciente en todo momento de su excepcionalismo. Dentro de su burka, mira la realidad desde dentro, sin saber que en realidad es totalmente ajeno a ella.

Los nuevos desarrollos digitales se prestan a ello. Es el caso de ChatRoulette, un chat aleatorio donde hablar y verse con extraños.

Decenas de periodistas se han lanzado al poco improbable experimento de “una hora en ChatRoulette”.

Así sucede en Time: el periodista ve a un hombre bailar enrollado en una bandera y a un pajillero.

Y ya. Cuánta pérdida de espacio. El periodista, si hubiera tenido ganas de trabajar, hubiera entrevistado a un sociólogo, hubiera buscado a un usuario enganchado a la ruleta, a algún experto en leyes que opine sobre cómo proteger a menores. Hasta le hubiera enviado un correo esperanzado al creador del sitio para saber por qué y cómo lo creó.

Pero no. Hay dos atractivos muy poderosos para este tipo de periodismo: fomenta el ego, ese yo que las agencias nos han ayudado, tan sabiamente, a empequeñecer, y no requiere tiempo ni esfuerzo.

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