No maten al mensajero

Imaginen:

Un periodista acude a un evento. Por ejemplo, una reunión de concejales. Los concejales se quejan de las actividades, supuestamente irregulares, de un promotor que, a la sazón, es político. Ese promotor es dueño de varios terrenos. Uno de ellos lo quiere comprar el gobierno local para una escuela. Él se niega a aceptar el precio que le ofrecen. Quiere que, además, del dinero, le recalifiquen otros terrenos. Algunos ciudadanos asisten a la reunión de concejales. Algunos de ellos dicen: “Eso es, simple y llanamente, extorsión”. El periodista así lo relata en su crónica.

El promotor se enfada. Denuncia no a los ciudadanos, sino al periodista. Considera que ha habido injurias y el juzgado le da la razón. El periodista le debe pagar unos 15.000 euros.

Ese es y ha sido el gran problema del periodista. El tener criterio para elegir qué se destaca de lo que dicen las fuentes. Y no sólo las fuentes. También, los protagonistas de los hechos.

Esto le sucedió a Dorothy Sucher, fallecida recientemente aquí en EE UU. El promotor era Charles Bresler. Ella trabajaba, de forma totalmente gratuita, para el News Review de Silver Spring (Maryland).

Me ha sucedido también a mí y, creo, a todos los periodistas.

La semana pasada acudí a un mitin de la extrema derecha en Washington. Hice una prueba. Por las estrecheces de tiempo y por la necesidad de escribir pronto, para Internet y para el papel, decidí entrevistar sólo a cinco personas. Las primeras que se cruzaran en mi camino de periodista. A las cinco les preguntaría lo mismo y retrataría cuál es su opinión de la marcha de EE UU. Mi única condición era que parecieran personas normales, no fanáticos, gente disfrazada o visiblemente alterada.

Dijeron cosas diversas: Que Obama es musulmán. Que EE UU es una nación blanca. Que los negros y los latinos son racistas inversos. Que el Congreso conspira para revocar la Constitución. Las incluí casi todas. Algún lector se quejó porque consideró que yo había elegido a los más fanáticos. No le culpo. A veces la realidad supera al estereotipo, y no hay nada que el reportero pueda hacer.

A Dorothy Sucher, por cierto, la Justicia le acabó dando la razón. Ella apeló hasta el mismísimo Supremo. Los jueces votaron unánimemente por darle la razón. Dijeron que un periodista no puede ser considerado responsable de las afirmaciones exageradas que hagan las figuras públicas.

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