Ig-no-ran-cia

La revista Rolling Stone de EE UU disecciona en su estilo (burdo) al Tea Party y el periodista acierta de lleno.

Lo que yo he podido comprobar de ese movimiento, al que vi en nacimiento el año pasado en un mitin contra la reforma sanitaria en Virginia, es contradicción.

Una anciana que gritaba en la carretera contra Obama, por ser socialista y musulmán, parecía desesperada por el déficit y por el gasto que estaba a punto de engullirse a América.

Esa mujer parecía cuerda en su razonamiento: el gasto es tan grande que una sanidad pública acabaría por colapsar un estado que acababa de rescatar a los bancos y a los automóviles de la quiebra total.

La mujer no quería que EE UU pagara la sanidad a nadie, ni a los inmigrantes, ni a los pobres. Era anciana.

Yo le pregunté: ¿Y usted, qué seguro tiene?

Ah! Ahí dudó. “Medicare”, dijo. El seguro estatal para los ancianos. A esa mujer la financiaba el Estado. Ella no quería desprenderse de su subsidio, pero quería que los demás no lo tuvieran.

Eso define al Tea Party: la insolidaridad más absoluta. Las ideas aparentemente racionales que en realidad no son más que una coraza tras la que se esconde un resentimiento abismal, generado por una situación insostenible para las bases conservadoras: que la izquierda domine el Congreso y que un intelectual de raza negra mande en la Casa Blanca. No lo digo yo, lo dicen las encuestas, que en el Tea Party hay racismo.

Es como Sarah Palin, esa mujer llegada de un Estado que es lo más parecido a un régimen socialista que existe en Norteamérica, donde casi todo está nacionalizado y donde los ciudadanos se reparten los beneficios de los impuestos gravados al petróleo. Pero ella, de socialista, nada.

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