Qué heroismo

Hay un gran debate, ahora mismo, sobre si los periodistas van a o vuelven de Sendai, epicentro de una gran crisis nuclear. Algunos abandonan la invisibilidad que prescriben los maestros para sacar a escribir al ‘yo’ y contar con honestidad sus motivos o los de sus compañeros.

“Me largo y tú deberías hacer lo mismo”, me dice un colega estadounidense mientras carga el ordenador, la cámara y los bultos en el coche que le llevará lejos de aquí. “No me pagan suficiente para esto”.

Otros se han marchado a otros puntos, con los refugiados, a contar con gran maestría el día a día de los desplazados.

Naoto Kan no puede ocultar su pánico a que se funda el núcleo de alguno de los reactores dañados o reviente alguno de los sarcófagos que contienen a los reactores -como sucedió en Chernóbil en 1986- y lance a la atmósfera una nube radiactiva 500 veces superior a la de la bomba atómica sufrida por Hiroshima en 1945. Por ello, ha decidido prohibir los vuelos sobre Fukushima en un radio de 30 kilómetros. Ayer también se acabó de evacuar a todos los habitantes en un radio de 20 kilómetros y se pidió a los que viven entre los 20 y los 30 kilómetros de la central que se mantuvieran en sus casas con las ventanas y las puertas cerradas.

“Toda mi familia es de Kioto [sur de Japón] y están muy inquietos porque aquí en Niigata estamos cerca de Fukushima. Me he tomado cuatro días de vacaciones y me bajo a verles”, afirma Tanaka, empleado de un hotel.

Son dos formas, dos estilos distintos, de contar lo que sucede. Lo único que puedo decir es que sin periodistas no hay crónica. Hay otros protagonistas de esta saga, los 50 héroes ya evacuados que trataron de evitar un desastre mayor dentro de Fukushima. Ése es el verdadero heroismo que importa.

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