Los medios matan (Falsos obituarios, 1)

Hoy, el retweet mató a Manu Leguineche antes de hora. El Norte de Castilla cometió un desliz que en otra época hubiera pasado desapercibido. Pero la furiosa inmediatez de Twitter propagó la noticia a velocidad de vértigo.

La práctica del falso obituario es normalmente un traspiés, otras un engaño y a veces un arte.

En 1980 el artista y bufón Alan Abel consiguió que el Times publicara su necrología, en accidente de esquí, para gastar una soberana y monumental broma.

Éste es el lead de aquel obituario, con todo lujo de detalles:


Al periodista ya le debió haber sonado a broma la lista de logros de Abel: la campaña que destaca en el segundo párrafo es la de pedir “por la decencia animal, que a las mascotas se las vistiera con ropa interior”. Ironía retroactiva, los colaboradores de Abel que confirmaron la muerte le dijeron al reportero que en el momento de su muerte trabajaba en dos libros: “Cómo superar el rechazo y No te enfades, devuélvesela”.

Aquello era el dos de enero. Dos días después el diario publicó esta breve nota, pidiendo disculpas, de forma algo amarga, y diciendo que “doce cómplices participaron en el engaño”. Por supuesto, el Times eligió un léxico jurídico, para dejar claro que los periodistas habían hecho su trabajo.

Alan Abel, por cierto, siguie vivo. Si es que no nos ha vuelto a engañar.

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