Caza al mormón

Es algo que se comenta en privado pero no se dirá jamás en público. Los votantes más acérrimamente conservadores de EE UU recelan de los mormones, que también son muy conservadores, pero a su manera. Este fin de semana ha sido escándalo que un pastor asociado a Rick Perry haya tachado a los mormones de secta. El problema es que no es un verso suelto, es la norma que impera entre los protestantes evangélicos, que son unos 80 millones, frente a los 7 millones de mormones.


Toda una portada en la que TIME pone en duda la fé de Romney. ¿Se imaginan algo semejante con un católico o un judío?

El mormonismo, religión fundada por un pintoresco profeta en el XIX, cree cosas muy, muy arcanas: que Jesucristo se apareció en América, que una tribu perdida de Israel surcó el océano, que dios habla directamente con los hombres, que los ángeles se han aparecido a determinados elegidos… En el pasado creyó cosas, además, muy polémicas, como que un hombre debía tener varias mujeres o que las personas de raza negra eran la encarnación del diablo. Esas creencias las ha corregido ya.

Al revisar ese credo, los evangélicos se escandalizan. Hay coberturas periodísticas que dan pábulo a esas dudas, implicando que un mormón en la Casa Blanca sería un esclavo de su iglesia (lo mismo decían de Kennedy, primer presidente católico, y el Vaticano). Los envagélicos, sin embargo, olvidan que ellos creen literalmente todo lo que se dice en la biblia, en un sentido más fundamentalista que nosotros, los católicos. No creen en la evolución, y sí en que los dinosaurios convivieron con el ser humano. Creen en la resurrección de Lázaro y en la ascensión a los cielos. Y está bien. Cada uno debe creer lo que quiera.

Pero que no cambien de rasero para referirse a candidatos muy bien preparados, como son Mitt Romney y Jon Huntsman, sólo por el hecho de que ejercen su libertad de credo.

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